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 | LA MANIPULACIÓN DEL LENGUAJE |
En los momentos de crisis profunda como el actual son muchas las víctimas del desastre. Están, sobre todo y en primer lugar, aquellas personas que ven deteriorarse de inmediato su calidad de vida, bien sea porque pasan a perder su puesto de trabajo, bien sea porque la remuneración que perciben disminuye en términos reales, bien sea por último porque disminuyen las prestaciones sociales, lo que se llama también capital social o salario diferido. Dicho esto, no conviene olvidar que hay otras víctimas menos visibles pero también seriamente perjudicadas y una de ellas es el lenguaje. Las palabras pierden su significado real y pasan a convertirse en términos cuya función es más bien confundir y ocultar.
Voy a prestar atención a algunos ejemplos que me parecen especialmente significativos pues pueden servir de referencia para que cada uno se vaya fijando en otros muchos que se van difundiendo de manera insidiosa y viscosa, hasta contaminarlo todo al modo en que los virus informáticos terminan dañando irreparablemente nuestros ordenadores.
El más llamativo de todos es el término “mercados”. Desde hace ya mucho tiempo se ha convertido en un comodín omnipresente que ayuda a explicarlo todo. Se presenta Zapatero imponiendo un giro radical a su política (menos radical de lo que parece), y todos admiten que ha sido una imposición de “los mercados”. Escuchamos los noticiarios matutinos y raro es el día que no ocupan un lugar preferente “los mercados”, pues son sus señales las que nos marcan el camino. El locutor, transmisor involuntario (o quizá voluntario) del discurso oficial, nos explica cuál fue el mensaje que el día anterior nos dieron “los mercados” o cómo han respondido a las nuevas medidas tomadas por los políticos.
Se produce con este concepto algo muy parecido a lo que Feuerbach denunciaba que se producía con el concepto “Dios”. Este concepto era, según el pensador alemán, una creación humana, algo en lo que los seres humanos proyectaban lo mejor de sí mismos para convertirlo en representación de sus ilusiones y también de sus miserias. Lo malo, seguía diciendo nuestro pensador, es que al cabo de un tiempo, la creatura humana hipostasiada se convertía en el creador del ser humano. “Dios” pasaba a ser agente de miseria y barrera para la genuina autorrealización de los seres humanos. Estos perdían su condición de creadores y se convertían en creaturas alienadas.
Algo parecido ha pasado con “los mercados”. Dicho así en plural, todavía sin emplear la mayúscula lo que será más adecuado visto lo visto, pasa a ser una entidad singular con vida propia y no simplemente un término abstracto con el que nos referimos a instituciones concretas, creadas por seres humanos con nombre y apellidos, quienes toman decisiones también muy concretas encaminadas a provocar unas consecuencias y no otras.
Ese Ente autónomo adquiere unas propiedades que nosotros mismos arbitrariamente, e injustificadamente, le hemos atribuido. Las llevamos al máximo de su significación y es entonces cuando se produce la definitiva ocultación y al mismo tiempo la perfecta manipulación y alienación. “Los mercados” adquiere una dimensión auténticamente teológica en un mundo sin dioses y, al estilo de la Santísima Trinidad, se convierte en algo completamente abstruso, mistérico, accesible solo para unos cuantos iniciados quienes, cual nuevos sacerdotes controladores de la lengua humana, lo interpretan, representan y administran con rigor.
“Los mercados” pasa a ser una entidad omnisciente (sabe perfectamente lo que es bueno y malo para la economía de los seres humanos y, apoyado en una potente red de videocámaras y sistemas de registro y espionaje, conocen hasta nuestros más ocultos pensamientos), omnipresente (desayunamos con él, lo vemos al abrir el periódico y es citado cuando nos reducen el salario o nos quitan prestaciones sociales, incluso es posible que se nos aparezcan en nuestra pesadillas, pues, como el “Dios” alienante, nos manda males por nuestro propio bien y para poner a prueba nuestra fidelidad) y omnipotente (su palabra es ley y vida para la sociedad, y los meapilas y cantamañanas que están a su servicio, y obtienen su buen salario gracias a esa servidumbre, se apresuran a cumplir y hacer cumplir su voluntad).
Podría seguir con el análisis de tan perfecta manipulación lingüística, pero es ésta y no “los mercados” la que ocupa mi atención en este breve artículo y por eso voy a poner un par de ejemplos más, uno de ellos tomado de la propaganda vertida a propósito de la última huelga de funcionarios. En este caso hemos asistido también a una reducción dura de las condiciones materiales de existencia de un amplio colectivo, acompañada de su correspondiente dosis de manipulación del lenguaje encaminada sin duda a ocultar lo que ocurre.
De pronto una conquista fundamental de las luchas obreras, un derecho elemental logrado tras duros combates, pasa a ser un “privilegio” y la población en general admite que los recortes no atentan contra derechos básicos sino contra “privilegios” injustificables en tiempos duros como estos. Me estoy refiriendo, claro está a la estabilidad en el empleo, algo que debiera ser derecho de todas las personas que trabajan y no sólo de una parte de la población laboral. No entro aquí a analizar la falsedad de la mayor, puesto que la precariedad es más elevada en el sector público que en el privado, sino en la manipulación lingüística que transforma “derechos” en “privilegios”
Algo similar ocurre con otra expresión que escuchamos también con frecuencia: “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” y se impone “apretarse el cinturón”. El consumismo desenfrenado impuesto sinuosamente por la variante actual del clásico capitalismo, pasa ser llamado “vivir por encima de nuestras posibilidades” lo que consigue culpabilizar a la víctima y reducir las posibilidades de plenitud personal al nivel de consumo. Por otra parte, la posibilidad abierta por la crisis de un profundo cambio cultural que obligara a transformar radicalmente el modo de producción y las relaciones sociales de producción, queda reducida a un “apretarse el cinturón”, esto es a que aumente la riqueza de muchos al mismo tiempo que se incrementa la riqueza de unos pocos. No hay que hablar ya de “decrecimiento”, y muy poco de “desarrollo sostenible” o de “transformación del reparto y la distribución de la riqueza”; sólo nos queda aceptar la miseria real y aplazar la felicidad a un que probablemente no llegue.
Dos cosas consigue esta perversa manipulación del lenguaje. La primera es ayudar a que la gente no llegue a entender bien lo que está pasando y ponga el blanco de sus críticas en un lugar incorrecto. La segunda, más grave todavía, es que la “izquierda” conseguir pierda la capacidad de elaborar un discurso alternativo, un relato coherente en el que las palabras sirvan para expresar un modo distinto de vivir, una alternativa real y posible a la que los gurús del sistema nos venden cada día a través de esos medios de comunicación que tan bien controlan. Desprovisto ya incluso del poder de expresar un relato alternativo, aceptamos como ineludible e inevitable el discurso oficial. Y avanza el deterioro sin que se articule una respuesta sólida y contundente de quienes estamos pagando los platos rotos.
Es tiempo de mantener la capacidad de esperar y de luchar por un mundo distinto. Es tiempo de hacer nuestras las palabras del poete Gabriel Celaya: “Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan / decir que somos quien somos, / nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. / Estamos tocando el fondo, estamos tocando el fondo”.
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